¿Cuántos líderes de empresas familiares han preguntado a sus empleados o a sus proveedores lo que piensan del trato que reciben de su organización? ¿Cuántas organizaciones preguntan regularmente a sus colaboradores acerca de su salud física, sobre su percepción del estrés, sobre sus preocupaciones familiares o económicas? En nuestro contexto, estas interrogantes pueden parecer impensables: el mundo de los negocios sigue con la mira puesta en la rentabilidad de un negocio y no se ocupa de cuestiones de este tipo.
Vivimos en un mundo donde el entorno laboral parece alienar a todos quienes forman parte de él: renunciamos a nuestra identidad, valores y emociones, como si nuestro empleo no fuera parte de cada uno de esos aspectos y solo fuéramos una máquina que debe entregar ciertos números, ciertos resultados, cierto rendimiento.
¿La empresa es el centro del universo?
El término capitalismo salvaje se utiliza para designar una serie de prácticas empresariales donde el objetivo principal es conseguir la rentabilidad, sin importar las consecuencias sociales, culturales, económicas que ello pueda acarrear. Los ejemplos más claros de esta especie de modelo económico son las empresas multinacionales que han sido constantemente cuestionadas por su egoísmo: no respetan los derechos de los trabajadores, se creen capaces de estar por encima de las leyes, su productividad afecta de forma clara al medio ambiente; en pocas palabras, se trata de un capitalismo que siempre encuentra la forma de ganar.
Este modelo económico ha logrado trascender más allá de las grandes empresas y sus prácticas desleales y egoístas han sido adoptadas por organizaciones pequeñas, medianas, de reciente creación que ven, en dicho modelo, la manera de sobrevivir en un mercado que solo busca la competencia.
Ante tal postura, considero que cada organización debe cuestionarse si su filosofía empresarial, si sus valores como familia y empresa se basan exclusivamente en lo económico o si, por el contrario, toman en cuenta el factor que es el punto de partida del mundo económico y de toda nuestra sociedad: el aspecto humano. Nuevas propuestas como la del capitalismo consciente, han mostrado que se puede alcanzar una rentabilidad incluso mejor a través de prácticas que tomen en cuenta a toda la cadena de valor, es decir, un modelo donde los accionistas no son los únicos beneficiados, sino que la riqueza y el bienestar se comparten de una manera mucho más clara y justa.
La inmediatez tiene un precio
La rentabilidad que busca el capitalismo salvaje se basa en conseguir la mayor ganancia en el menor plazo y esta postura tiene consecuencias. Al pensar solo en el beneficio de los accionistas, se exige un sacrificio económico de todos los otros implicados: los colaboradores tienen salarios menos justos, tienen jornadas de trabajo más extensas, laboran en un ambiente de total exigencia donde no hay tiempo para pensar en sí mismos.
Por otra parte, se tienen prácticas de presión hacia los proveedores para conseguir mejores precios. Las organizaciones suelen dejar de lado el aspecto de sustentabilidad ambiental porque consideran que podría generarles mayores gastos, es decir, no les importa nada de lo que hay en su entorno.
De esta manera puede entenderse por qué a esta metodología se le llama salvaje y las consecuencias son tangibles en nuestro entorno: desigualdad, división de clases sociales, afectaciones a la salud de las personas, altos niveles de estrés a nivel no solo personal sino social, incluso el cuestionamiento a los valores más importantes del ser humano. Es indispensable que los líderes de una organización se pregunten con franqueza si existen prácticas de este tipo dentro de su forma de trabajo. En nuestra época, una empresa que realmente aspire a trascender debe poner sus miras más allá del beneficio económico y considerar el bienestar común como parte de su visión empresarial.
Más allá del egoísmo
Puede pensarse que los líderes de una organización familiar están ante un dilema: seguir las prácticas salvajes de la economía actual o ver a su empresa desaparecer por no competir en este tipo de mercado. Pero la realidad es otra: el trabajo ético y responsable dentro de una compañía también puede ser rentable.
El trabajo cooperativo siempre producirá mejores ganancias que el de un entorno donde hay conflictos. Si se llega a acuerdos respetuosos y justos con proveedores y trabajadores, una organización obtendrá un compromiso que redundará en mucho mejores resultados de productividad. De esta manera, se piensa no solo en un crecimiento inmediato y tal vez irrepetible, sino en un desarrollo integral de accionistas, colaboradores y la comunidad en general que rodea a la empresa.
Por supuesto, un cambio de esta magnitud no puede construirse de la noche a la mañana. Implica, más bien, alinear el trabajo de una organización en el largo plazo, haciendo del bienestar común un sello de identidad para el trabajo día a día.


